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No hace muchos años, el nobel E. R. Kandel (1999), en un artículo que alcanzó gran resonancia en el campo psiquiátrico-psicoanalítico, opinaba sobre las perspectivas que se abrían ante el psicoanálisis, en función de qué posición adoptara respecto a la importancia de las contribuciones de la nueva ciencia biológica en la comprensión de los procesos mentales que son su objeto. Él reducía estas posiciones a la que denomina hermenéutica (para él la menos válida, que vería cerebro y mente como dos campos con una separación irreductible), frente a la que denomina científica (que sostendría la importancia de los descubrimientos de las neurociencias para el psicoanálisis). Kandel consideraba:
«En la actualidad, el psicoanálisis podría… descansar fácilmente en sus laureles hermenéuticos… exponiendo las notables contribuciones de Freud y sus alumnos [y entonces] debe permanecer como una filosofía de la mente y la literatura psicoanalítica, desde Freud a Hartmann, a Erickson, a Winnicott, debe leerse como un texto poético o filosófico moderno, junto a Platón, Shakespeare, Kant, Schopenhauer…» (1999, p. 261).
Y continuaba añadiendo que en ese caso, si predomina la visión hermenéutica frente a la científica, el psicoanálisis se estaría quedando retrasado.
Tras esto, Kandel (1999, 2005) establece una serie de áreas de las neurociencias que piensa podrían clarificar aspectos psicoanalíticos importantes, como la naturaleza de los procesos inconscientes, la relación del inconsciente dinámico con los tipos de inconsciente y de memoria de las ciencias cognitivas, la naturaleza de la causalidad psicológica —el determinismo psíquico-, la relación de esa causalidad con la psicopatología,