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Mientras iba leyendo, varias veces, el excelente artículo de Fred Busch, con un creciente sentimiento de «Hmmm…, es curioso,” repitiendo así la cita de Isaac Asimov que Fred usa en la introducción de su excelente libro,2 una de las muchas asociaciones que me vino a la mente estaba conectada con la respuesta del poeta brasileño Mario Quintana sobre sus influencias literarias: «No hay influencias, hay confluencias».
Al venir de una cultura psicoanalítica que enfatiza sobre todo una perspectiva freudo-kleiniana del psicoanálisis y que en décadas más recientes incluye tanto aportes cada vez más diversos como también la rica producción de la propia región, pero que está muy distante de la Psicología del Yo, fue bueno ver, una vez más, cuán acertada era la noción propuesta por Wallerstein (1992) respecto a la base común del psicoanálisis. En efecto, como él dijo, a pesar de las diferentes metapsicologías, tenemos una base común en torno a las teorías clínicas, y yo diría, una base o campo de juego común, donde podemos encontrarnos, discutir, y sobre todo escuchar las diferentes visiones libres de todo celo religioso. Green (2005) criticaba la idea de base común y describió las discusiones entre los analistas de las diferentes escuelas de esta manera: cada uno enuncia su mantra, luego escucha educada pero fríamente los otros mantras; luego repite su mantra, y así sucesivamente. Desde el punto de vista de Green, para entablar un diálogo real se necesita una discusión comparativa y seria de materiales clínicos detallados, en los cuales sería posible identificar y abordar explícitamente convergencias y divergencias. Kernberg (1993) describió estas convergencias y divergencias en una evaluación clara. Me parece que en nuestra comunidad psicoanalítica esto ha sido lo de más actualidad en los últimos años, en los que seguimos y