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Tanto en su trabajo prepublicado como en esta presentación oral durante el congreso de Boston (Busch, 2015b), Fred Busch nos expone su interesante, y ciertamente vital, punto de vista pluralista del psicoanálisis contemporáneo estadounidense.
En el arte culinario contemporáneo se denomina maridaje al proceso de casar, metafóricamente hablando, a un alimento con otro con la intención de realzar los sabores. En algún sentido, la pluralidad que propugna el autor en su trabajo hace que, ciertamente, su discurso psicoanalítico sea vital. Vital porque se marida con otros puntos de vista, apartándose de una forma de pensar endogámica, cerrada en sí misma, que caracterizó lo que se ha dado en denominar «la era Hartmann» en el psicoanálisis estadounidense del siglo pasado (Bergmann, 2000). Efectivamente, pienso que la vitalidad de un discurso analítico es poder hacer un trabajo de duelo por las teorizaciones que, implícitamente, hemos internalizado a lo largo de nuestro prolongado, y siempre psíquicamente conflictivo, devenir de psicoanalistas. Un trabajo elaborativo que nos lleva a alcanzar una transferencia no fanática con las teorías (Rangell, 1982), dejando espacio para lo nuevo.
En este maridaje de teorías, Fred Busch se alinea como partisano de la solución, ciertamente política, que Wallerstein (Wallerstein, 1988, 1990) propugnaba como un common ground del psicoanálisis. Su hipótesis central es que, a pesar de las diferencias a nivel de modelos teóricos de referencia, habría habido una convergencia en la técnica psicoanalítica (Busch, 2015a, p. 554). El supuesto es el de una técnica homogeneizada común y diferentes metapsicologías.
Y aunque el maridaje entre teorías es parte de la construcción de la identidad de todo analista, creo que es importante que destaquemos las consecuencias que esto tiene.