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Ni en el lugar, ni en el hallazgo tiene el amor su cima: es en la resistencia a separarse en donde se le siente…
Trataré primero de trasmitir algunas ideas que me ha evocado el tema de este monográfico. Ideas que me han permitido a su vez ir introduciendo los clásicos elegidos para esta revista número 77, intentando ponerlos a dialogar, resaltando puntos de encuentro y desencuentro, para luego volver la mirada sobre los textos actuales que incluyen los trabajos presentados en nuestro último simposio sobre amor, pasión y adicción. He agregado algunos subtítulos que irán acompañando al lector en su recorrido por estos conceptos a modo de guía.
Si tomamos como punto de partida la problemática del amor desde la metapsicología freudiana de 1915 (Pulsiones y destinos de pulsión), podemos vislumbrar su íntima relación con la vida sexual y con su sentimiento opuesto: el odio. Freud señala que cuando un vínculo de amor con un determinado objeto se interrumpe, lo puede reemplazar el odio; este odio puede cobrar un carácter erótico y así garantiza la continuidad del vínculo de amor. Estaríamos en el ámbito del masoquismo erógeno. Asimismo, Freud define el amar y su par antitético, ser amado, «como la relación del yo con sus fuentes de placer… en que solo se ama a sí mismo y es indiferente al mundo exterior…» (Freud, 1915, p.130). Estamos en el campo del narcisismo, estadio intermedio entre el autoerotismo y el amor de objeto. Sin embargo, al pensar en amar y ser amado ya Freud está esbozando en su teoría algo del orden de lo vincular, de la relación de objeto. Freud expresa en este mismo texto, que «una pulsión “ama” al objeto al cual aspira para su satisfacción» (Freud, 1915 p.131) y que «la palabra “amar” se instala entonces, cada vez más, en la esfera del puro vínculo del placer del yo con el objeto» (Freud, 1915 p.132).