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Jorge tenía casi 40 años cuando vino a mi consulta; estaba preocupado porque no conseguía consolidar una relación de pareja. Era consciente de su compulsión repetitiva a mantener relaciones sexuales con muchas mujeres y no poder establecer un vínculo afectivo con ninguna. La historia se repetía: estar hasta altas horas de la noche, con abundancia de drogas y alcohol, y terminar con una chica tan perdida como él o algunas veces en relaciones homosexuales, de tríos, etc. Todo ello tenía repercusiones en su trabajo profesional, sentía que «la cagaba» y que «se castigaba». Ejercía el cibersexo compulsivamente, buscando los perfiles adecuados al suyo en las mujeres a las que se dirigía, terminando rápidamente las relaciones instrumentales que se reducían a una descarga sexual; el deseo se agotaba una y otra vez en un consumado-consumido sin ninguna trascendencia. El paciente se justificaba a sí mismo mediante el siguiente argumento: «¿Por qué voy a elegir a esta mujer si siempre puede haber otra mejor en el mercado?». Después de cada «relación» se repetía una sensación de fracaso y de malestar.
Jorge afirmaba que le ocurrían estas cosas desde que su madre estaba enferma de Alzheimer, iba a hacer ya diez años; como si estuviera condenado por una maldición a no querer a ninguna mujer.
El funcionamiento psíquico del paciente ponía de manifiesto una escisión del yo, cuya parte pulsional desbordada se nutría de una consigna: «¿Y por qué no… puedo beber… drogarme…? De perdidos al río». El padre del paciente, fumador y bebedor, había muerto diez años antes de cáncer de laringe. Tras la cirugía (laringuectomía), rechazó llevar una prótesis