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Intimidad es uno de esos conceptos que todos entendemos pero que difícilmente podemos explicar. De ahí el mérito de un monográfico como este, que intenta dar cuenta de la intimidad desde un punto de vista psicoanalítico, con todas las dificultades que eso conlleva.
¿Cómo definir la intimidad? Ruggero Levy (2017), en una de las ponencias principales del Congreso de la API de Buenos Aires de este año, propone definir a la intimidad como una experiencia emocional que se da en algún punto intermedio, en permanente oscilación dinámica, entre los polos del aislamiento autista y la fusión narcisista. Esa experiencia de intimidad, cuando se logra, es placentera, pero también puede tornarse aterradora. El placer es generado por la recuperación de un vínculo de intensa cercanía. Pero este placer rápidamente puede convertirse en terror ante el riesgo de perder los límites de la alteridad y de la propia identidad. De ahí la posibilidad, como defensa extrema, del salto al repliegue autista.
Si hay algo que caracteriza al encuentro analítico, producto del desarrollo de un verdadero proceso analítico, es la experiencia de intimidad que poco a poco se va construyendo entre analista y analizando. Un tipo de intimidad que, como dice Ogden, es diferente de la experiencia de intimidad que puede darse fuera de la relación analítica. Una «intimidad en el contexto de la formalidad» (Ogden, 1989, p. 175; la traducción es mía) dada por las características del encuadre analítico y las reglas de juego del proceso en donde están bien establecidas tanto la asimetría de roles como las responsabilidades que corresponden a cada uno de los participantes.
Edgar Levenson (1974), uno de los autores elegidos como clásico para este monográfico, destaca la diferencia entre cercanía e intimidad. La cercanía es fundamental para que se de la experiencia emocional de la intimidad. Pero también puede haber cercanía sin que se genere esa experiencia de intimidad. Para que haya intimidad, debe haber, además de cer