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A finales del siglo XIX, un joven adolescente austriaco decidía aprender castellano para poder leer El Quijote en el idioma original. Años más tarde, en los albores del siglo XX, esta vez apoyándose en la mitología griega y ya médico de prestigio, sentaba las bases de uno de los intentos más complejos de descripción del funcionamiento mental humano y del aparato psíquico. Ambos mitos entraron en nuestra cultura, por segunda vez, pero ahora de la mano de las ciencias humanas.
Una vez más la revista de la APM lanza una propuesta valiente. Cuando menos, resulta sorprendente que, en un tiempo en que la psicología busca desesperadamente la aceptación de la ciencia académica mediante una sumisión al saber objetivo, se propongan estos mitos que el psicoanálisis ha hecho tan suyos. Frente a la evidencia, nuestra disciplina trata de entender cómo se construye lo humano de los sujetos de nuestra especie y su sufrimiento. Aunque resulte difícil sustraerse a las proezas de la técnica, nuestro modelo no es el de las ciencias exactas. Sin la técnica no habrían podido construirse las pirámides de Egipto, pero ¿qué hizo que aquellos humanos decidieran llevar a cabo el descomunal esfuerzo de apilar millones de enormes cubos de piedra?
El sentido de los hechos humanos, sin duda, trasciende a su capacidad técnica. La búsqueda de este sentido hizo que nos encontráramos con la sorprendente importancia de lo inconsciente en esos hechos y que eso inconsciente se enraíce tanto en el cuerpo (lo pulsional) como en la relación con los otros (lo cultural). Hemos descubierto que el determinismo genético no es absoluto, que la voluntad tampoco lo es, ni tampoco lo organizado por la historia infantil. A todos esos campos nos asomamos los psicoanalistas con asombro. La plasticidad psíquica nos sigue dando sorpresas.
En la historia humana, desde lo arcaico a lo contemporáneo, lo esencial en la construcción del sujeto sigue siendo la necesidad irreductible de un otro y de unos otros que lo hagan posibl