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Voy a empezar rememorando una experiencia de hace muchos años. Asistía a una exposición de escultura y me encontré con una pieza mediana de Jorge Oteiza, de las primeras de su obra. Consistía en dos fragmentos verticales de madera, dispuestos el uno junto al otro en paralelo. En su cara interna ambos presentaban dos concavidades, enfrentadas entre sí. Se denominaba la tierra y la luna. Dos maderas así dispuestas… no entendía nada. Y de repente lo vi. La escultura no estaba en la madera, en el material que podía percibirse positivamente. La escultura consistía en el aire comprendido entre las concavidades.
Aquella idea me ha acompañado a menudo como modelo metafórico para poder entender que a veces lo más importante no se puede percibir positivamente y, en concreto, me ha ayudado a pensar en cómo lo fundamental del eje transfero-contratransferencial no puede percibirse positivamente y solo podemos remitirnos a modos indirectos de aprehensión de lo que sucede en el mismo.
Freud describe el Agieren transferencial en El caso Dora (1905/1978, p. 104), y lo desarrolla más extensamente en los textos técnicos Sobre la dinámica de transferencia (1912/1980a), Recordar, repetir y reelaborar (1914/1980b) y Puntualizaciones sobre el amor de transferencia (1915/1980). La hipótesis expuesta en tales escritos describe una función resistencial del mismo, proponiendo que se repite en el escenario analítico para no recordar lo reprimido. El último de los textos sin embargo tiene algo también de aviso a navegantes: se habla de que el amor que sienten pacientes por analistas no es más que un Agieren transferencial, y la actitud técnica adecuada es tomarlo como tal e interpretarlo, remitiéndolo a sus fuentes de origen; lo que no se dice explícitamente es que no «hay que creer» en la autenticidad de tal amor por el analista ni dejarse llevar por el mismo. No podemos olvidar la correspondencia de Freud con Jung (McGuire, 1974, p. 111) sobre el affaire con Spielrein, en que el maestro le habl