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Cada uno tenemos nuestros interlocutores, externos e internos, presentes y pasados. Cada uno pensamos con ellos y contra ellos, con y contra versiones actuales y pasadas de ellos y de nosotros. Por eso a veces es difícil comprender ciertos énfasis e insistencias en un determinado texto o pensamiento, ciertas formas personales de trazar orígenes conceptuales o polémicos. El recorrido personal y las estrategias conceptuales están siempre presentes y entrelazadas.
Un conocido decía, con cierta ambivalencia, «ya no somos hombres del Renacimiento», es decir, nos resulta imposible acceder a todo lo que se ha escrito sobre un determinado tema en nuestro campo. ¡Recuerden las primeras cien páginas de La interpretación de los sueños como un último vestigio de ese espíritu!
Pensamos con otros, qué duda cabe. Y una buena comprensión de un determinado pensamiento conlleva poder identificar alguno de sus interlocutores que, inevitablemente, resonarán en los nuestros y se amplificarán en determinadas direcciones gracias a ellos dejando, siempre, otras direcciones invisibilizadas. Y todas estas complejas series complementarias profesionales resuenan y se articulan con nuestras series complementarias personales… De aquí el interés y la importancia de compartir con colegas, de intercambiar y debatir con ellos. Y de aquí la importancia, también, de nuestra revista o de las reuniones científicas de nuestras sociedades psicoanalíticas.
Y en estas encrucijadas profesionales/personales nos ponemos a leer. Entiendo hace un tiempo el acto de lectura gracias a tres compañeros de viaje; uno de ellos, George Steiner (2012), dice: «Leer bien es ser leído por lo que leemos» (p. 27); otro, Thomas Ogden (1996), en el prefacio a uno de sus libros, añade: «Tú, el lector, debes permitirme ocupar tu mente, tus pensamientos, dado que no poseo otra voz con la que hablar que no sea la tuya. Si vas a leer este libro, vas a tener que permitirte pensar mis pensamientos mientras que yo deberé perm