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«¡Ellos no saben que les traemos la peste!», dicen que Sigmund Freud susurró en septiembre de 1909 a bordo del George Washington, tras haber embarcado ocho días atrás en Bremen, al acercarse al puerto de Nueva York bajo la imponente mirada y la antorcha de la Estatua de la Libertad, aunque no está claro que fuera así. De haberlo sido, ¿por qué necesitó mentar una enfermedad infectocontagiosa tan funesta en la historia de la humanidad? ¿Qué es lo que podía desembarcar de aquel transatlántico que se le pudiera asemejar?
Durante la travesía (Gay, 1988/1989), que compartió con Carl Gustav Jung y con Sándor Ferenczi, los tres se libraron con entusiasmo al relato en común de sus sueños y a la interpretación recíproca de los mismos. Tras años de «espléndido aislamiento», el suizo y el húngaro, jóvenes y brillantes psiquiatras fascinados por los postulados freudianos, suponían un estimulante reconocimiento y la promesa de un futuro halagüeño para el aún embrionario movimiento psicoanalítico. Pero no todo fue tan positivo como pudiera suponerse desde un planteamiento inicial más racional y entusiasta. No olvidemos que, por motivos obvios, ninguno de los tres había podido seguir un proceso psicoanalítico en profundidad. Durante el viaje, ya desde Bremen, y en un medio tan poco encuadrado, convocaron lo más profundo e íntimo de su ser, que se fue desplegando con toda su potencia pulsional: Freud llegó a sufrir síntomas como desvanecimientos o alteraciones intestinales; Jung conminaba a Freud a que fuera más allá de lo pretendido por él en la interpretación de un sueño, ubicando posteriormente en ese momento el origen de sus hostilidades. Es decir, el inconsciente fue convocado e irrumpió con toda su carga de amor y odio, poniendo en evidencia la complejidad de las relaciones en que alguien en posición más parental pretenda transmitir un saber a colegas en posiciones más filiales. Amores y favoritismos incestuosos, pulsionalidad parricida en todas sus vertientes, filicida, pero