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El autor, partiendo de la tradición empírica británica, recela del concepto freudiano del superyó como entidad y, sin embargo, considera incuestionable su existencia como fenómeno para dar cuenta de toda una serie de manifestaciones clínicas en la práctica analítica. En ese sentido, la necesidad de castigo en psicosis y psiconeurosis, elementos persecutorios en las paranoias, autodenigración en la melancolía, rituales obsesivo-compulsivos, le parecen solamente entendibles desde la existencia del mencionado superyó. Va estudiando detenidamente cómo surge el concepto primero del ideal del yo y luego del superyó; cómo el yo se diferencia del ello y el superyó del yo; cómo resultan fundamentales las identificaciones con la figura parental frustrante dentro de la triangulación edípica, pero también con la figura parental amada, con la que se van produciendo diversas pérdidas parciales. Finalmente, se pregunta por el motivo de que el superyó sea fundamentalmente inconsciente. Siendo el agente represor, no puede ser reprimido: postula que en parte sea arrastrado al inconsciente por su proximidad a lo reprimido; pero, sobre todo, propone que el superyó se desgaje del yo por disociación, como algunas de las personalidades lo harían en las supuestas personalidades múltiples.