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El autor reflexiona desde una perspectiva contemporánea sobre el concepto de trauma y su relación con los procesos de representación. Partiendo de una dicotomía en la que todo se centraría en el conflicto intrapsíquico o bien al contrario solamente en las vivencias externas que interfieren en el desarrollo, se busca una posición sintética en que los aspectos traumáticos puedan irse integrando. Teniendo en cuenta lo traumático como algo que no solo depende de la intensidad del trauma, sino también de la capacidad de los objetos circundantes para ayudar a tramitarlo, se reflexiona sobre la actitud técnica más propicia en el analista: se da una especial importancia a su implicación en las construcciones, así como la trascendencia de poderse involucrar en la relación con los pacientes. Se trae el caso de un paciente con la historia de unos padres divorciados poco implicados en su crianza, y se relata cómo el involucrarse el analista en sus planes de veraneo supone un poderlo despertar de un cierto letargo.