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A través de unas cartas enviadas por Freud a su novia, Martha Bernays, durante el periodo de 1882 hasta 1886, desde las ciudades de Viena, París y Berlín principalmente, se puede bosquejar una parte de la personalidad de un desconocido Sigmund Freud enamorado.
Desde la primera misiva, y a lo largo de todas ellas, se observa una forma delicada y tierna de dirigirse a su novia, con los siguientes encabezados: «Mi preciosa y amada niña», «Mi dulce Marty,» «Mi querido tesoro», «Mi adorada princesa, «Mi dulce mujercita», para terminar con un «Amada mía». Ello nos señala a un hombre, un joven médico que, a pesar de las penurias económicas por las que pasa, tiene tiempo y un gran fervor por amar y demostrárselo a su amada.
Entre los muchos temas que se esbozan en las cuarenta y siete cartas, sobresalen, como es natural su gran interés científico. Pero entreverado, uno puede pesquisar su amistad con Breuer y su cercanía, descubriendo que los dos llamaban a sus parejas con el nombre de Cordelia (la heroína e hija del Rey Lear, obra trágica de Shakespeare; mujer fuerte y con carácter, pero dulce con aquellos que ama).
Es interesante, desde la primera carta, observar que conceptos como sueño, fantasía onírica, resistencia, símbolo, imágenes, incluso un esbozo de lo que más adelante sería la proyección, y otros semejantes, se engarzan en el rico vocabulario del descubridor del psicoanálisis, como si anunciara las herramientas de sus próximos hallazgos científicos.
Correspondencia relevante es cuando Freud escribe a su novia desde París. La ciudad le encanta, así como las personalidades que le presentan (M. Arène, periodista e historiador de arte; M. Toffano pintor italiano) y los médicos como Richet, ayudante jefe de Charccot; M. Ranvier, famoso histólogo; Cornu, afamado óptico, etc., y en especial con Charcot, con su esposa e hija pequeña.
En una de las cartas que Freud escribe desde Viena, en 1885 cuando aspiraba a ser Dozentur y tuvo que entrevistarse con varios profesores de la