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Las palabras se nublan cuando el dolor las vence. Es la ausencia. Un halo de tristeza invadiendo el espacio de un por qué, sin respuesta, del vacío que deja la pérdida.
Un amigo. La palabra trasciende más allá de la historia, del tiempo, del espacio.
Un tesoro que puebla nuestras almas para seguir viviendo, para seguir pensando. Hablar, comunicar, intercambiar.
Sentados frente a frente, una vez cada mes, degustando ese sinfín de aromas de la gastronomía. Y, sobre todo, hablando, yo casi sin parar; él, escuchando, sonriendo, añadiendo o matizando las innumerables historias institucionales. Los dos amábamos el psicoanálisis, nos importaba su transmisión, su desarrollo. Compartíamos el quehacer de una sociedad en constante cambio. Nos despedíamos como aquellos personajes de la historia comprometidos con ella, mirando en dirección al futuro.
Un amigo.
Los encuentros como colegas, compañeros de viaje, los encuentros científicos sobre temas comunes, intercambios de ideas, momentos estelares donde aprender del otro se transforma en placer. En sensación de impacto, de progreso, de amplitud para el conocimiento.
Un amigo te falta y todo se desploma en el momento. Pero te deja ese duende infinito de haberlo conocido, alguien extraordinario, mensaje de esperanza, de un volver a comenzar. De un gracias a la vida.
Un amigo.
MANUELA UTRILLA ROBLES