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Conocí a Luis Fernando Crespo en el año 1967, como integrantes ambos de un grupo de psicoanálisis que llevaba Mª Teresa Ruiz, con quien posteriormente hicimos nuestros análisis. Entonces yo era un muy joven médico recién licenciado y Luis Fernando, mayor que yo, era ya un psiquiatra conocido con un recorrido profesional y personal importante. Ya desde aquellas sesiones de grupo se creó una corriente de afecto como un compañero más; no por ello dejó de tener hacia mí una cierta actitud de cuidado y protección, dada nuestra diferencia de edad, que de alguna manera mantuvo a lo largo de tantos años y avatares. Poco tiempo después habiendo obtenido una plaza de psiquiatra del PANAP, en el Hospital de Leganés, volví a encontrarme con Luis Fernando; al principio tuvimos menos relación ya que trabajábamos en pabellones muy diferenciados, pero éramos los «psicoanalistas». En el año 1970 hubo una importante reorganización que dio lugar a un cambio muy importante en la organización de una institución manicomial, que devino en una institución psiquiátrica dinámica y creativa. Creo que puedo congratularme del hecho de que Luis Fernando y yo fuésemos impulsores en gran medida de dichos cambios. Luis Fernando, primero como subdirector y luego como director ejecutivo, y yo como jefe de servicio. Fue una época en que nos vimos comprometidos en una tarea común con importantes dificultades y obstrucciones para nuestros proyectos de cambio; él, con su madurez, sensatez y paciencia, y yo, con mi impertinente y crítica juventud, creo que hicimos un buen equipo. De esta colaboración surgió una ponencia, «Psicoterapia de grupo en el marco de un hospital psiquiátrico,» que presentamos en la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia en el año 1972. Luis Fernando continuó en Leganés muchos años aún, posteriormente a que, por razones personales, yo abandonara, y me consta que me echó de menos casi tanto como yo a él.