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En algunas ocasiones, más bien pocas, uno se encuentra en la vida con una persona que no solo nos produce una honda impresión, sino que nos deja una huella indeleble; es decir, una persona excepcional. Este es el caso de mi encuentro con Luis Fernando Crespo.
Conocí personalmente al doctor Crespo en el año 1996. Aunque ya tenía algunas referencias suyas, esa fue la primera vez que hablamos en persona. Entonces yo estaba realizando las entrevistas de admisión para el Instituto de Psicoanálisis de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, y él era uno de los entrevistadores que tenían que decidir mi admisión.
Salí de aquella entrevista con la íntima y reconfortante sensación de haber sido escuchado y comprendido.
Al cabo de algo más de dos años, volví a llamarle para solicitar que fuera mi supervisor de la segunda supervisión oficial.
Comenzó entonces una relación que atravesó distintas etapas: primero fue un supervisor serio, riguroso, pero muy cercano. Luego, un maestro, en el mejor sentido de la palabra, de quien aprendí teoría, técnica y estilo. Más tarde, un colega con el que compartí trabajos, reflexiones sobre teoría y técnica, artículos, como el que publicamos juntos en nuestra revista, textos para conferencias en las que participamos los dos. Así iba conociendo y acercándome cada vez más a su pensamiento y estilo psicoanalítico, con los que poco a poco me fui identificando.
Admiraba mucho la manera en la que él, con unos conocimientos y experiencia muchísimo más amplios que los míos, era capaz de valorar mis planteamientos, de aceptarlos y, en cierto modo, de hacerlos suyos. Y era sorprendente, y al mismo tiempo cotidiano, asistir a nuestras coincidencias sobre el enfoque del tratamiento de algunos pacientes de los que hablábamos por primera vez.