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El 24 de mayo estaba esperando un mensaje suyo y cuando escuché el tono de voz de la persona que me llamó para darme la triste noticia, sentí un gran impacto y un profundo estremecimiento. Nunca se espera la muerte de los seres queridos, a pesar de que sabíamos que estaba viviendo en estos últimos meses mucho sufrimiento físico.
Somos muchos los que sentimos la pérdida de una excelente analista y una entrañable compañera en la profesión, pero nos reconforta haber tenido el privilegio de conocerla y compartir con ella el camino de nuestra formación psicoanalítica.
Conocí a Enriqueta cuando muchos de los analistas actuales acudíamos a las conferencias organizadas por el Dr. Rallo en la Clínica La Concepción. Me llamó la atención su vitalidad y sus inteligentes intervenciones. En 1994, Enriqueta fue elegida directora de la Revista de Psicoanálisis de la APM. En ese año fui aceptada como miembro asociado y me propuso formar parte del Comité de Lectura (en la actualidad, Consejo Editorial) junto a Jaime Tabares (secretario), Luis Martín, Ángeles de Miguel, Eduardo Orozco, Silvia Pérez Galdós y Benigno Prado. Ahí pude apreciar su pasión por el psicoanálisis y su capacidad para dirigir y entusiasmar a un equipo durante cuatro años, con un ambiente en el que Enriqueta nos transmitía el rigor y la apertura en el pensamiento psicoanalítico junto al compromiso y la entrega generosa. Tenía el proyecto de dar a conocer nuestra revista y nuestro pensamiento psicoanalítico fuera de nuestra asociación, partiendo de que nuestro trabajo «nos provee de unos conocimientos bien singulares para pronunciarnos, con un gesto de solidaridad en hechos que pertenecen a la psicopatología humana y que podemos denunciar desde nuestra reflexión psicoanalítica,» según sus palabras en 1994.