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Aprecio el intento de Bolognini de limitar la frecuente tendencia de los psicoanalistas a desencadenar guerras de religión. Estas controversias no son solo ideológicas, sino que a menudo están influenciadas por la política psicoanalítica y los intereses prácticos del poder, comprometiendo la necesidad del psicoanálisis de actualizar sus conocimientos y modernizar su enfoque clínico. La identificación con el autor (o teoría), que Bolognini señala como una posible fuente de desacuerdo entre los psicoanalistas, me parece, sin embargo, no tanto un elemento negativo en sí mismo, sino un componente inevitable, que puede ser mejor elaborado a lo largo del tiempo junto con el crecimiento personal del analista. Como señala Bleger: «La formación de un analista implica identificaciones e idealizaciones necesarias.».
En nombre de lo que él llama pluralismo teórico, Bolognini invoca la suspensión ocasional del principio lógico de no contradicción. De hecho, varios autores, desde Freud hasta Matte Blanco, han examinado la violación del principio lógico de contradicción para la mente inconsciente. A diferencia de la lógica inconsciente, la construcción de un discurso científico no puede prescindir de un uso riguroso del principio de no contradicción. Su concepción de un pluralismo teórico conduciría inevitablemente a un aumento incontrolado del número de teorías psicoanalíticas: algo que, como explicaré más adelante, podría resultar más un estorbo que una ayuda.
Ahora intentaré cambiar el vértice, reconsiderando brevemente el papel de las teorías. Sin duda, debe reconocerse que una teoría es útil para representar cuestiones clínicas en un nivel más general de abstracción, facilitando la comprensión del trabajo clínico. Pero, ¿necesitamos pocas o muchas teorías en psicoanálisis? (Lombardi, 2015).
En su comentario, Abel-Hirsch menciona los esfuerzos de Bion por restringir «la cantidad de teorías que realmente podemos tener», agregando la expresión «en nuestra sangre», porque es bien sa