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La lectura del trabajo de Javier Fernández Soriano, «Recuperación en la clínica de la memoria implícita», me ha llevado a plantearme una revisión de algunos supuestos conceptuales que aparecen en ese texto de la mano de autores, o bien neurocientíficos o bien psicoanalistas, que incluyen ciertos presupuestos de las neurociencias. Dejo para otra ocasión exponer con cierta extensión mi pensamiento al respecto; sin embargo, si quisiera apuntar, a modo de breve digresión, algunas ideas que atañen al marco referencial acerca de lo científico.
La ciencia tal como la conocemos en nuestros días tiene su origen en el Barroco y en la aparición de Galileo, Bacon y Newton, y conforma un paradigma inmutable basado en la experimentación, la cantidad, lo matemático y lo objetivo. Y siendo ese el criterio, no es de extrañar la crítica o el silencio respecto al psicoanálisis que es una ciencia donde reina lo subjetivo, pues tanto el analista como el analizante son sujetos históricos provistos de una compleja red de significaciones que nos hacen vivir en un mundo de relaciones y de sentido porque, parafraseando a Saint-Exupéry, el hombre es un nudo de relaciones.
Entonces, tratar de emparentar el pensamiento analítico con las llamadas neurociencias es, a mi modo de ver, volver a los orígenes freudianos en los que el energetismo fisicalista y un cierto biologismo atravesaron los primeros compases de su obra, pues es de todos conocido el empeño de Freud por ser reconocido por la ciencia oficial.
De ahí el intento truncado de unir sus nuevos y aún imprecisos descubrimientos (estamos en 1895) a una confusa traducción a términos neurofisiológicos (neuronas, facilitación neuronal, cantidades de energía, sinapsis, etc.) en su texto Proyecto de una psicología para neurólogos (o
Proyecto de una Psicología científica). Sabemos que el propio Freud, cuando acabó de escribir ese texto, lo metió en un cajón y solo salió a la luz en los años 50 del pasado siglo.
¿Podemos pensar que ese gesto signa s