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Leyendo el artículo «Fracaso escolar y trastornos de aprendizaje», de Francisco Martí, de Paco, a quien nombro con cariño y que desgraciadamente ya no está entre nosotros, uno se pregunta: ¿qué ha sido de la riqueza de las investigaciones sobre el fracaso escolar y los trastornos del aprendizaje en EE. UU., en Inglaterra, en Francia, desarrolladas principalmente durante treinta años hasta los años sesenta del siglo pasado ? ¿Por qué, desde entonces, el enfoque cognitivo ha copado el tratamiento de dichos trastornos, produciéndose un deslizamiento del interés hacia el TDAH, déficit de atención e hiperactividad? Resultando la combinación de tratamiento cognitivo y farmacológico (metilfenidato) la alternativa al enfoque psicoanalítico, ¿tenemos algo que ver nosotros como psicoanalistas en esta deriva, siendo notoria nuestra menor incidencia en las instituciones escolares?
Creo que sí. Las respuestas son complejas. Esta palabra me remite al artículo de Alicia Montserrat en el que pone el acento en el paradigma de la complejidad, propuesto por Edgar Morin. La complejidad sería el contexto en el cual integramos lo simple. Postula Alicia Montserrat la cocreación entre las disciplinas de instrumentos que permitan abordajes interdisciplinarios.
Considero que nos ha podido faltar una visión más compleja, que nos permitiera trabajar como analistas en las instituciones educativas. Manuela Utrilla se pregunta en su texto: ¿Qué hace un psicoanalista en la escuela? Responde que la aplicación de conocimientos psicoanalíticos debe ser muy cuidadosa, fuera del encuadre del tratamiento analítico realizado en las consultas. Ha de plantearse cómo, en qué circunstancias y con qué finalidades y medios poner en práctica nuestros conocimientos.
Creo que hemos estado encerrados en nuestro «espléndido aislamiento», perpetuando una perspectiva endogenista que no nos ha permitido articular lo intrapsíquico con lo intersubjetivo, y hemos desestimado la dimensión de lo grupal que es un contexto fund