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Nuestro apreciado colega de la Sociedad Española de Psicoanálisis (SEP) nos ofrece generosamente las vicisitudes de su difícil tarea de acompañar en la elaboración psíquica de un proceso de cambio de género de mujer a varón; arduo trabajo que resulta inconcluso por la decisión de su paciente de interrumpir. A partir de su experiencia propone una serie de conclusiones, con alguna de las cuales no puedo evitar disentir, asumiendo, como él señala, que todos podemos tener preconcepciones y prejuicios.
Partiendo de mi propia experiencia como responsable de la Unidad de Identidad de Género del Hospital Universitario de Cruces (Bizkaia) durante el periodo comprendido entre 2014 y 2019, con 342 pacientes en edad adulta y 140 menores de 16 años, no puedo compartir que «es necesario conceptualizar la transexualidad desde una perspectiva no patológica, distinguir entre el transexual con una psicopatología […] y la identidad transexual con un desarrollo psicosexual no necesariamente patológico».
Si nuestro desarrollo humano está cuajado de vicisitudes, déficits y conflictos de todo tipo desde mucho antes del nacimiento (o incluso de la concepción), es harto difícil que nuestro destino pueda eludir algún tipo de patología, incluso en los casos más exitosos y supuestamente normativos. Me parece muy improbable que la cuestión de una absoluta e intolerable incongruencia género-sexo anatómico, como la existente en la transexualidad, quede libre de esta premisa general. Incluso excluyendo las patologías «añadidas», que no tienen por qué ser específicas de la transexualidad (psicosis francas, trastornos de la personalidad de todo tipo, perversiones, etc.), me sigue pareciendo ineludible investigar lo que pueda haber de intrínsecamente inherente al fenómeno transgénero y, desde ahí, proponer hipótesis de trabajo.