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La literatura psicoanalítica acerca de los sueños contratransferenciales es relativamente parca, más aún si tal calificación se restringe a aquellos sueños del analista en los que su paciente aparece tal cual, sin disimulo o disfraz (requisito propuesto por Whitman, Kramer y Beldridge, 1969), pero bastante más si en dichos sueños se manifiestan escenas amoroso-sensuales entre el analista soñador y su paciente. Sin embargo, si hay algo asumido y poco escandaloso o extraño en el quehacer psicoanalítico cotidiano sigue siendo la idea de que el sueño es la vía regia de acceso al inconsciente y, el autoanálisis del analista ya analizado, una actividad que entra en el sueldo.
Sigmund Freud, que no tenía la colaboración de otro analista y contaba solo con el autoanálisis, no incluía en la exposición de sus sueños el análisis en detalle de sus deseos infantiles -o muy someramente si no había más remedio-, aun siéndole sin duda obvios. Es más, no creo que considerara importante ese aspecto al compartir sus sueños con colegas, alumnos o lectores más o menos avezados. Como científico le interesaba más comunicar lo generalizable, los universales, que lo personal. En Puntualizaciones sobre el amor de transferencia (1915), hablando de la transferencia amorosa como objeto de estudio, decía: «Una y otra vez tropezamos aquí con el deber de la discreción médica, un deber inexcusable en la vida, pero ocioso en nuestra ciencia». Desde luego, muchos años antes de esta aseveración había predicado con el ejemplo en La interpretación de los sueños (1900) y en la correspondencia con Fliess (1892-99), de tal modo que no caben dudas cabales acerca de la legitimidad de ese método de comunicación y del autoanálisis como medios para el conocimiento de la mente humana. Todos los psicoanalistas hemos aprendido de esa exposición generosa de sus sueños. Algunos han dedicado estudios exhaustivos a ellos (Anzieu, Grinstein,
Erikson…). El denominador común en todos ellos es que, aparte del interés ha