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La huella mnémica, noción esencial en la teoría freudiana de la memoria inconsciente, resulta de la inscripción en el aparato psíquico de la impresión derivada de una percepción suficientemente fuerte como para franquear la barrera de la protección contra las excitaciones. Es completamente inconsciente, mientras que el recuerdo es consciente. Freud representa el aparato psíquico como un sistema de facilitaciones múltiples y complejas de huellas mnémicas. La huella mnémica, esencialmente sensorial, puede ser también una huella de pensamiento, especialmente cuando es verbal.
La huella mnémica, noción metapsicológica, es de origen neurofisiológico. Freud, en su obra Proyecto de una psicología para neurólogos, plantea la realidad neuronal compleja de facilitaciones, que la neurobiología llama hoy en día «redes», como un sistema diferencial de inscripciones de impresiones derivadas de la percepción.
Gracias al lenguaje, las huellas derivadas del pensamiento pasan a ser huellas mnémicas, porque el lenguaje se inscribe sensorialmente por la audición de la palabra y la lectura de lo escrito. Las huellas mnémicas verbales poseerán el poder de hacer consciente cualquiera de las demás huellas mnémicas que ellas designen.
En 1925, en Notas sobre la pizarra mágica, la superioridad de la huella mnémica sobre la conciencia, de la cual sería la fase previa necesaria, corresponde a un encendido y a una extinción de la conciencia en la percepción, a aperturas o cierres del aparato psíquico, al interfaz del sistema de percepción conciencia y del sistema inconsciente.
Existen correspondencias entre el concepto freudiano de huella mnémica y algunas investigaciones contemporáneas en neurobiología o en ciencias cognitivas, aunque el enfoque psicoanalítico se diferencia principalmente porque especifica la dimensión psíquica del sujeto que obedece al principio de placer-displacer en la relación de objeto.
La huella mnémica no es una representación cognitiva del mundo exterior, es consecuencia de