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Florence Guignard hace un interesante recorrido desde los orígenes de la vida antes y después del nacimiento y continúa con la etapa adolescente y las dificultades añadidas que tienen actualmente. Haciendo una elipsis del periodo de latencia, que, en nuestro mundo posmoderno, se ha derretido como la nieve en el sol.
Comienza hablando de la «memoria implícita» que funciona ya desde el útero, mucho antes de la constitución de la «memoria explícita», ligada a la adquisición del lenguaje, a la elaboración de formas de simbolización y, por tanto, a la existencia de un yo suficientemente organizado.
Recordemos que Bion (1972) defiende que pensar no es un acto cognitivo, sino que implica el trabajo de dar sentido y significado a la experiencia emocional. Concibe que el pensamiento se genera de dos maneras: los pensamientos aparecen, primero, como elementos sensoriales de forma primitiva, y posteriormente, plantea su teoría «continente-contenido» (1963), donde, gracias a la capacidad de rêverie de la madre (1962), se creará una especie de «máquina para pensar», que transformará ese cúmulo de experiencias, sensaciones y percepciones rudimentarias en pensamientos como tal. Posteriormente, habló del papel de la «capacidad de atención» en la construcción del sentido y, por tanto, en la interpretación del mundo interno y externo del ser humano.