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En su interesante trabajo, Florence Guignard abarca desde los trastornos de la atención en los niños hasta los trastornos de la identidad de los adolescentes, pasando por la posible función de los psicoanalistas en la realidad sociocultural actual: temas que parecen distantes entre sí, pero que en una lectura atenta están unificados, tanto los descubrimientos más recientes de las neurociencias como las consecuencias de la revolución digital, que ha transformado, en el arco de pocas décadas, la forma en que vivimos y nos relacionamos: esta es una característica específica de la visión multifocal integrada con la que Florence aborda la clínica.
Un hilo rojo que recorre su trabajo se refiere a las consecuencias que las innovaciones tecnológicas de las últimas décadas han tenido en nuestro funcionamiento mental y emocional, empezando por nuestra vida cotidiana, en la que el teléfono móvil, verdadera extensión de nuestro yo, nos ofrece posibilidades hasta hace poco impensables y que revolucionan nuestras coordenadas espacio-temporales habituales: con un clic, podemos escuchar cualquier tipo de música, ver cualquier obra de arte, explorar territorios geográficos lejanos, presenciar en tiempo real la persecución de un león a un antílope, visitar museos en todos los rincones del planeta, jugar al ajedrez (o a cualquier otro juego) con desconocidos que viven en cualquier rincón de la Tierra. Desde cierto punto de vista,
es como si nos encontráramos dotados de superpoderes: después de todo, la palabra poder, fuerza, es inherente a la raíz de la palabra «virtual», del latín virtus, que significa fuerza, habilidad, excelencia. Desde este punto de vista, las innovaciones tecnológicas son un gran consuelo narcisista.
Sin embargo, si se mira con detenimiento, el desarrollo de la inteligencia artificial muestra la imagen de Juno con sus dos caras. De hecho, los objetos tecnológicos, dotados de mayor memoria, capacidad de cálculo y potencia, «nos humillan» en otros aspectos, pues n