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Ante la cuestión: ¿Qué es lo que espera el paciente del analista desde los primeros encuentros? Chabert considera que esta pregunta silenciosa revela un deseo en la impaciencia de su realización. La autora piensa que el analista no se fija un objetivo, pero, a pesar de esa precaución, admite que una parte de su ser-analista le lleva a imaginar algunas perspectivas de trabajo a realizar y tener alguna esperanza, que la autora denomina «bellas esperanzas» y que animan tanto al paciente como al analista. Considera que, sin estas esperanzas, ninguno de los dos se comprometería en la aventura analítica. Una aventura que acepta las resistencias y los rodeos inherentes al método.
La autora se plantea otro interrogante sobre el tiempo de análisis necesario para que la espera inconsciente se exprese y tome forma. Apoyándose en la clínica y en los textos que ella ha trabajado anteriormente, Chabert sigue este hilo conductor y despliega diferentes matices de la espera: espera paciente, feliz o angustiosa, espera confiable o dolorosa, según los momentos del análisis. También se pregunta sobre la conexión o desconexión que existe entre la esperanza y la espera, considerando que, a pesar de su proximidad, los dos estados no se confunden. Para la autora, la esperanza da cuenta de una forma de espera particular, ya que la realización del deseo la anima, así como la impaciencia que constituye el motor de la satisfacción y del placer.
Chabert considera que, a la impaciencia, clásicamente, se le asocia la irritación, la fuga, la impulsividad, es decir, la incapacidad de contención de uno mismo o la falta de paciencia para soportar alguna situación exasperante. En el análisis, la impaciencia es otra cara de la espera, siendo necesario distinguir la espera paciente, más conocida, y la espera impaciente, que se sitúa más cerca del inconsciente y de la urgencia del deseo. La impaciencia se opone al rodeo exigido por la reflexión metodológica y por la clínica de la cura. Se podría situar en