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El texto de María Luisa Muñoz aborda una inquietud compartida por las diferentes «parroquias psicoanalíticas» (tomo el término de Green). Esta inquietud se expresa a veces abiertamente (el psicoanálisis, tal como lo hemos conocido, llega a su fin), otras veces de forma insidiosa (no se ve claro lo que viene), ocasionalmente la preocupación es negada con un optimismo ingenuo y omnipotente (el psicoanálisis sobrevivirá como ha sobrevivido hasta ahora).
El título del artículo, «El gran inquisidor…», deja transpirar las intensas emociones asociadas a esta espada de Damocles. Por una parte, la persecución: la amenaza viene de fuera, de la sociedad actual que promete satisfacción inmediata y promueve un individualismo radical enemigo de vínculos que atan/limitan la libertad personal; una sociedad marcada por la hiperaceleración y la exigencia de rentabilidad máxima, la hipercomunicación constante y superficial, las ensordecedoras montañas de información en tiempo real, el consumismo ampliado a la esfera del bienestar mental (la happycracia), la difusión exponencial de los psicofármacos… Son todos ellos elementos extranjeros a los valores tradicionales del psicoanálisis: la aspiración a un crecimiento interno a través de una relación profunda que exige tolerancia a la frustración y un tiempo largo.
Por otra parte, frente a estos elementos externos, societales, María Luisa Muñoz interroga los factores internos, las resistencias de los psicoanalistas, nuestra falta de convicción y de compromiso: somos nosotros los que estamos corrompiendo nuestra disciplina, «quitándole su (saludable) veneno», transformándola en un diálogo empático y agradable. Renunciamos así a lo que da su especificidad y su fuerza al psicoanálisis: su capacidad de oponerse al adormecimiento de las conciencias, de ayudar al
paciente -en la época de las fakenews y las verdades alternativas- a buscar su verdad más íntima y personal. A la persecución se añade así la culpa: la gran amenaza al psicoanálisis no