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El tema de este número de la revista está, sin duda, de actualidad. Desde hace años, y cada vez con más frecuencia, la expresión «cultura del odio» es recurrente en los medios de comunicación. Sin embargo, o quizá precisamente por ello, resulta complejo disertar sobre la abundancia de esta expresión en debates y discursos públicos. En primer lugar, porque los medios utilizan un concepto de cultura que no corresponde, o lo hace de forma solo parcial, con nuestra visión de la cultura como psicoanalistas. En segundo lugar, porque hablar de la «cultura del odio» se ha convertido en una moda que se alimenta de sí misma y que limita y empobrece su dimensión poliédrica, compuesta no solo por aspectos psicológicos individuales y grupales, sino también sociales, políticos y económicos.
Según el diccionario de la RAE, «cultura» es, en su primera acepción, el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico, y en su segunda, el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.
Para nosotros, además de todo eso, «cultura» es todo aquello que nos permite transformar las necesidades e impulsos básicos del ser humano en pensamientos, arte y sentimientos que faciliten la vida y la convivencia en sociedad, proceso que, como Freud puso de manifiesto, siempre genera un malestar. Por ello, la expresión «cultura del odio» encierra una inquietante contradicción, pues ambos conceptos, «cultura» y «odio», son incompatibles. Podríamos hablar del odio en la cultura, o mejor aún, de la exacerbación actual del odio en la sociedad; porque odio, mayor o menor, ha habido siempre, en todas las épocas. En la nuestra, la expresión «cultura del odio» parece erigirse en un oxímoron que representa el fracaso de la función de la cultura. Porque la situación actual, en nuestra sociedad occidental, tiene mucho más de odio que de cultura. Por supuesto, tenemos que diferenciar el odio com