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Este número de la revista sobre Migración, identidad y duelo abre amplias perspectivas en su consideración, tanto desde el punto de vista cultural, social, sociológico, histórico y económico, como, de manera específica, en la vertiente que más nos concierne como psicoanalistas, en su articulación con los procesos intrapsíquicos e intersubjetivos que acompañan estos movimientos y que inevitablemente conectan con los procesos de duelo y la construcción identitaria.
Como sabemos, los movimientos migratorios suceden desde el inicio de los tiempos, impulsados por el deseo de mejorar las condiciones de vida, por exigencias laborales, por la huida de las guerras y la destrucción, por las necesidades de conquista o por la insaciable curiosidad de los exploradores, entre otros múltiples motivos.
Ya el psicoanálisis ha estado sometido desde sus inicios a múltiples migraciones, que probablemente han influido en la reflexión sobre diversos temas al respecto. El auge del nazismo, como sabemos, y como desgraciadamente sucede en todos los movimientos genocidas y destructores de los grupos humanos, provocó grandes migraciones también de psicoanalistas, incluido Freud, con su traslado a Londres, ya anciano y enfermo, para escapar de la barbarie nazi, así como tantos analistas judíos alemanes y austriacos, que impulsaron el desarrollo del psicoanálisis en los EE. UU. y en otros países.
En nuestro país, durante los años de las dictaduras latinoamericanas, un gran número de psicoanalistas, sobre todo argentinos, también uruguayos, se instaló en distintas ciudades españolas, sobre todo en Madrid. Otros españoles formados en el extranjero volvieron, contribuyendo a enriquecer y complejizar la sociedad, todavía joven y titubeante. También hubo un exilio previo de españoles a los países latinoamericanos, huyendo de la dictadura franquista, donde tantos intelectuales encontraron refugio y acogida.
Curiosamente, un fenómeno tan extendido entre los psicoanalistas no ha sido objeto de muchas publi