You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
El número que presentamos tiene como hilo conductor «el dolor psíquico». Pensar sobre un sentimiento tan inherente a la condición humana como el dolor implica tomar en consideración las distintas formas de expresión desde las que se puede contemplar este fenómeno que acompaña el devenir de todo sujeto. Podría decirse que el dolor, como la manifestación de cualquier otro sentimiento, es lo más genuino y singular de cada persona. El dolor vivenciado tiene un carácter singular y específico en cada «ser». A. Green (1985) llegó a escribir que «(…) poner en duda la verdadera naturaleza de nuestros sentimientos supone poner en duda la propia existencia» (p. 781).
A efectos del funcionamiento mental, lo que cuenta de la vivencia del dolor es la experiencia que cada sujeto hace de su propio dolor o de la manera en que puede infringir dolor a otros. Así lo entendió el romanticismo alemán, que no solo cambió la dirección de su mirada del cielo a la tierra, sino que además puso en el centro de sus reflexiones las profundidades del ser humano. En este bucear en las profundidades de las emociones humanas, el romanticismo encontró en el dolor una fructífera fuente de inspiración para la comprensión y la expresión del ser. El pensador R. Safranski (2012) reproduce estas sentidas palabras del poeta romántico alemán del siglo XVIII F. Hölderin:
«¿Y quién es capaz de mantener su corazón dentro de bellos linderos cuando el mundo le golpea con los puños? Cuanto más nos ataca la nada, que bosteza a nuestro alrededor como un abismo, o cuanto más nos atacan las miles de cosas de la sociedad y actividad del hombre, las cuales nos persiguen y distraen sin alma y sin amor, con tanta mayor pasión, firmeza y poder hemos de resistirnos por nuestra parte (…). Los apuros y la indigencia del exterior convierten para ti la exuberancia del corazón en indigencia y apuro» (p. 77).