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En este breve comentario al trabajo de Sonsoles comenzaré señalando mi acuerdo con ella cuando afirma que el masoquismo no es una cuestión de género, pues entiendo que es una realidad psíquica en todo ser humano, si bien la diferencia reside en la función que cumple en la economía de los afectos y en su repercusión para la vida personal y social del sujeto.
Antes de identificarse, el bebé humano ha de ser identificado-reconocido por el adulto que se ocupa de su cuidado y este reconocimiento de su alteridad es la condición imprescindible por la que el adulto auxiliar ofrece una respuesta coherente con las necesidades somatoemocionales del bebé. Será la capacidad del adulto para percibir y poner palabras transformadoras de lo que pasa en ese vínculo a dos la que paulatinamente vaya generando en el niño la experiencia de ser, tanto corporal como psíquicamente. Evidentemente, ninguna experiencia relacional es plena, porque en todo encuentro parental con el bebé van a producirse fallas en la capacidad de cuidar, comprender y decodificar lo que él necesita y, por tanto, existirán experiencias de lo que no ha sido representado en palabras, que darán lugar a contenidos desligados y con diferentes cualidades representativas, que dejarán su huella en las experiencias de vida.
Considero que las experiencias serán muy diferentes para un bebé que se encuentre con carencias parentales por falta de recursos psíquicos suficientes, o para otro que deba hacer frente a aspectos parentales escindidos, que no solo adolecen de la cualidad psíquica de representación en palabras, sino que han sido desmentidos. Tal situación confrontará al hijo con que su propia percepción y expresión de determinados contenidos psíquicos será desmentida, puesto que esos contenidos deben ser invisibilizados y quedar inconscientemente prohibidos. Este escenario relacional obligará al niño a un doble trabajo psíquico: registrar la experiencia y al tiempo apartarla de la conciencia, para, de esta forma, adherirse