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El día 16 de marzo fallecía Marta Lázaro a los 88 años de edad tras una larga, penosa y compleja enfermedad, lo que no le impedía, por lo menos a ratos, ser la interesante y aguda conversadora con quien tanto disfruté.
Conocí a Marta en diciembre de 1987, con su entonces marido Jaime Szpilka y otros tres colegas argentinos cuya pertenencia a la APM había sido rechazada durante años. Ese mismo verano durante el Congreso de Montreal el presidente de la IPA, Robert Wallerstein, nos había comunicado a J.L. López Peñalver y a mí en cuanto representantes informales de la APM su decisión de conceder un Grupo de Estudios en Madrid a estos cinco colegas si la APM continuaba rechazándolos. Ante esta tesitura, recién elegido presidente de la APM, me reuní con estos colegas en mi despacho profesional. Como cuestión preliminar, uno de los colegas planteó la imposibilidad de fumar, cosa a la que Marta se negó en rotundo; obvié como pude el problema ofreciendo a Marta un asiento junto a la ventana abierta y al otro colega en el extremo opuesto del despacho, al lado de la puerta de la habitación también abierta. A partir de ahí se pudo trabajar muy eficazmente, con flexibilidad y creatividad, y llegamos a un satisfactorio preacuerdo del modo de integrarles en la APM, que yo presentaría para su aprobación en la Asamblea General de la APM. Donde, por cierto, fue rechazada en una reunión bastante desagradable. Posteriormente tuvimos que aceptar los términos que dictó un Comité de Visita, mucho más exigentes para la APM.
Cuento esta anécdota de Marta porque, para mi sorpresa, cantidad de veces me expresó su agradecimiento por mi solución de compromiso respecto al humo del tabaco. Nunca he sido fumador y nunca me ha molestado
el humo del tabaco ni le he dado la menor importancia, pero para ella era su privilegio y expresó así su firme determinación en defensa de sus prerrogativas y su libertad. Prerrogativa fundamental que también fue su defensa del psicoanálisis riguroso y la fundamen