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«Pero en nuestro propio quimismo deben existir, asimismo, sustancias que cumplen un fin análogo (al de los tóxicos), pues conocemos por lo menos un estado patológico –la manía– en el que se produce semejante conducta similar a la embriaguez, sin incorporación de droga alguna».
Nos referimos aquí a los mecanismos maniacos tal como aparecen en las adicciones y en algunos casos de administración de medicamentos con fines terapéuticos. Desde hace cincuenta años, diversos estudios psicoanalíticos han destacado la estrecha relación existente entre las toxicomanías, calificadas por Simmel como «mantas artificiales», y los estados maniacos y depresivos. Dentro de los principales rasgos comunes, tenemos la incapacidad del yo para tolerar ciertas tensiones, la tendencia a las oscilaciones en el estado de ánimo, los puntos de fijación correspondientes a tempranos estadios del desarrollo, las ansiedades básicas movilizadas y, especialmente, el tipo de mecanismos defensivos puestos en juego.
Es también evidente que, pese a tales analogías, las adicciones y los estados maniacos y depresivos no constituyen cuadros psicopatológicos idénticos. La diferencia dinámica fundamental radica en que el yo del adicto, si bien recurre a mecanismos maniacos como defensa frente a ansiedades paranoides y depresivas, es incapaz de desarrollar plenamente una reacción maniaca sin el auxilio de un agente externo que la desencadene o refuerce. Y para que tal reacción sea posible, debe proyectar previamente en la droga y en el acto de drogarse determinados contenidos psíquicos1.