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Cuando Santiago Sánchez-Palencia, director de la Revista de Psicoanálisis de la APM, me invitó amablemente a participar en la sección «Diálogo Teórico-Clínico» sobre el tema monográfico «Orígenes y destinos de la alteridad», y me propuso el artículo de Naoe Okamura, citado en el encabezado, pensé que mi cultura psicoanalítica sobre el psicoanálisis nipón no era muy extensa como para aportar un cierto conocimiento en nosotros, psicoanalistas occidentales. Únicamente, escribí un artículo Mishima: ¿Eros o Tánatos? (1988) (y poseo la cultura general que todo el mundo tiene sobre este país, desde luego, muy distinto del nuestro.
En los años 60/70 del siglo pasado, en los medios psicoanalíticos, se solía decir que los japoneses no eran aptos para emprender una cura tipo, porque carecían de capacidades de representación mental, de fantasear, de simbolizar, tenían poca individuación/diferenciación entre su mundo interior y la realidad externa, entre su yo y su no-yo. Por eso se les veía, como turistas, por todo el mundo, máquina fotográfica en ristre, impresionando en el celuloide todas las imágenes posibles, para luego verlas sobre papel, a su vuelta al Japón.
Este comentario, que se le adjudicaba a J. Lacan, no es cierto. Eran comentarios que venían de los seguidores de Hartmann, psicoanalista americano, y uno de los fundadores de la Ego psychology.
Sin embargo, a pesar de que los primeros pioneros del psicoanálisis en Japón empezaron tempranamente a introducirlo (Yoshihida Kubo y Kenji Otsuki crearon en 1928, en Tokio, el primer Instituto Psicoanalítico Japonés que se afiliaría a la Asociación Psicoanalítica Internacional [IPA] en ), el movimiento psicoanalítico de la IPA no se desarrolló tanto como en occidente. La Sociedad Japonesa de Psicoanálisis apenas reúne, hoy en día, una treintena de miembros titulares y una quincena de adherentes.