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Es la ponencia de Yolanda Irulegui una aproximación seria e interesante a la cuestión de cómo el psicoanálisis viene evolucionando para afrontar los retos que nos plantea la clínica de hoy en día. Nada más empezar quiero resaltar mi acuerdo con lo que me parecen tres de las ideas principales del trabajo: la pertinencia del tratamiento psicoanalítico que, desde su aparente anacronía, supone sin embargo una posibilidad única de establecer un encuentro profundo y continuado con potencial mutativo; la importancia, por otro lado, de que, siguiendo el legado de los maestros, uno pueda sentirse al tiempo en la libertad de encontrar su propia manera de afrontar los retos que se nos van planteando; finalmente, que la mirada del analista, cada vez requerido de un análisis propio más en profundidad, se centre en todo lo que se despliega en el campo transferocontratransferencial.
En el ámbito de lo social, cuando se producen cambios relevantes que vive una generación, suele ser la generación anterior la que los interpreta. A menudo, desde la perspectiva nostálgica de un tiempo pasado que se va diluyendo y la desconfianza ante lo nuevo que se viene imponiendo. Poco después de la aparición de la imprenta, fue una creencia generalizada entre los intelectuales de la época pensar que el exceso de lecturas pudiera afectar negativamente. Nuestro ingenioso hidalgo de La Mancha, al que se le reblandeció el cerebro de tanto leer novelas caballerescas, fue una creación inspirada en ello. Hoy en día, cuando hablamos de la irrupción de Internet, del exceso de pantallas, del abuso de las redes sociales… sentimos que el mundo cambia, que es diferente de aquel en el que nos criamos, y acaso añoramos casas con muchos hermanos, madres, abuelas, niños que podían jugar en la calle y para los que no existía aún el mundo virtual que hoy sentimos como tan peligroso. Nuestra cortedad de vida nos hace pensar en el mundo de antes y el de ahora, desconociendo tal vez que el mundo siempre ha estado modific