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La cuestión del tiempo atraviesa de manera decisiva tanto la experiencia humana como la teoría y práctica psicoanalítica. Lejos de constituir un telón de fondo neutro o un simple marco cronológico en el que los procesos psíquicos se desarrollan, el tiempo se presenta como una dimensión activa, productora de sentido, afectos y formas de subjetivación. La clínica psicoanalítica muestra de manera constante que el tiempo no transcurre de forma homogénea para el sujeto: hay tiempos que se aceleran, tiempos que se detienen, tiempos que retornan y tiempos que aún no han advenido. Pensar las temporalidades en plural no constituye, por tanto, un recurso retórico, sino una necesidad teórica y clínica.
Desde sus orígenes, el psicoanálisis se ha visto confrontado con formas del tiempo que no coinciden con la lógica lineal ni con la sucesión cronológica. Como ha señalado recientemente Jaime Szpilka en el Simposio de nuestra institución, «el tiempo es nuestro amigo más traicionero: todo lo cura, todo lo destruye. El inconsciente es el resto del tiempo que no transcurre» (Szpilka, 2025). Esta formulación, surgida de la reflexión clínica contemporánea, condensa una intuición fundamental: allí donde el tiempo parece avanzar inexorablemente, algo permanece fuera de su curso. Desde esta perspectiva, el inconsciente no se limitaría a conservar huellas del pasado, sino que se organiza como un ámbito en el que la temporalidad queda suspendida, produciendo efectos de repetición, actualidad permanente y retorno de lo no elaborado.
La idea de que el tiempo no es una entidad unívoca puede rastrearse ya en la Antigüedad griega. La lengua griega distinguía entre «Chronos y Kairos», dos nociones que expresan modos radicalmente distintos de experimentar el tiempo. Chronos designa el tiempo cuantitativo, medible y sucesivo, aquel que puede contarse y ordenarse. Aristóteles lo definía en la Física como «el número del movimiento según el antes y el después» (Aristóteles, 335 a. C./1995), subrayando s