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El texto sitúa la temporalidad en el centro del psiquismo y sostiene que la historicidad supone una sucesión de estados psíquicos ordenados y no intercambiables. Esa sucesión se vuelve historia cuando el trabajo psíquico establece relaciones causales entre un estado y lo que lo precede. Siguiendo a Freud, la representación del tiempo se origina en la autopercepción del trabajo del sistema preconsciente-consciente, trabajo impuesto por la exigencia pulsional. Desde la segunda teoría de las pulsiones, se argumenta que la pulsión de vida (eros), por su ligazón, crea unidades psíquicas cada vez más amplias e integra el pasado en el presente, haciendo posible tiempo e historia. La pulsión de muerte introduce una tendencia regresiva que, según el grado de intrincación o desintrincación pulsional, puede lentificar o acelerar la temporalidad e incluso empobrecer la historia subjetiva. Finalmente, se aborda la objeción freudiana sobre la ausencia de tiempo en el ello, vinculándola a la falta de objeto e intrincación.