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El autor de este trabajo que voy a comentar, François Richard, nos expone, a veces un tanto confusamente, una temática sumamente interesante para reflexionar acerca de la articulación de estos tres conceptos.
Para comenzar, diría que, a mi modo de ver, no es posible esperar asociaciones libres, en el sentido clásico del término, en determinados pacientes con severas perturbaciones que dificultan la posibilidad de una buena sujeción al terreno de la significación dentro del orden simbólico de la palabra, puesto que la red que instauraría un yo acorde con el principio de realidad es sumamente deficitaria y el proceso secundario se encuentra demasiado contaminado por el proceso primario.
La histeria grave podría tener puntos de contacto con determinadas patologías límite y a veces es difícil delimitar qué diagnóstico aplicar. Pero si lo vemos desde el punto de vista del traumatismo, se pueden asemejar bastante.
Aquello que Freud (1950[1896]/2001a) denomina en El proyecto, «vivencia del dolor» y que en el cap. VII, reaparece como «vivencia de terror» se contrapone claramente a la «vivencia de satisfacción».
Algo exterior que penetra, que invade, que originará una cicatriz en el tejido casi inexistente de un yo inerme, por lo cual no quedará inclinación alguna a reinvestir por vía alucinatoria o de otra manera la percepción de la fuente de dolor.
Porque, si las magnitudes de excitación que penetran a modo de trauma desde el exterior no encuentran una red constituida, ligada, cohesionada, un rudimento del yo, o bien son excesivas y rompen toda barrera anti-estímulos, aunque de ellos quedará la huella mnémica, no despertarán en el aparato incipiente deseo alguno de reinvestirla, proporcionándonos así «el modelo y el primer ejemplo de la represión psíquica».
Es con la publicación de Inhibición, síntoma y angustia (Freud, 1926 [1925]/2001c) que se produce el giro teórico, situando al desamparo
(Hilflosigkeit) como el origen de la angustia ante una situación traumática. Y esa si