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Este volumen del Libro Anual de Psicoanálisis tiene un valor particular: es el primero realizado íntegramente por el equipo editorial actual y, como tal, deja ver con claridad no solo una continuidad con la tradición del Anual, sino también una toma de posición. En la introducción, Juan Francisco Artaloytia describe cómo se organizó el trabajo y cuáles fueron los criterios que orientaron la selección y la traducción de los textos. No se buscó solo reunir buenos artículos, sino construir un volumen con coherencia interna, capaz de sostener un diálogo entre autores consagrados y voces menos difundidas que aportan miradas nuevas y, en algunos casos, incómodas.
Uno de los aspectos más logrados de la introducción es el lugar que se le otorga a la traducción. Lejos de presentarla como una tarea técnica o secundaria, el texto la sitúa en el corazón mismo del proyecto editorial. Cada artículo ha sido trabajado por un traductor y un revisor en contacto directo con los autores, lo que permite que las decisiones lingüísticas estén atravesadas por consideraciones clínicas, teóricas y estilísticas. Los dilemas que se mencionan –el uso del «tú» o del «usted», la cuestión del género gramatical ausente en inglés– no aparecen como problemas a resolver de una vez y para siempre, sino como puntos de tensión inevitables. La metáfora de la partitura y la interpretación resulta aquí pertinente: entre el texto original y su traducción siempre hay un trabajo interpretativo, singular, nunca idéntico, pero capaz de abrir nuevos sentidos.
Este eje atraviesa todo el volumen y dialoga de manera fértil con los textos seleccionados. El libro se abre con el trabajo de Maxine Anderson, quien propone una distinción clínica precisa entre pena y agravio en el duelo. Mientras la pena puede ponerse en movimiento y abrir al trabajo psíquico, el agravio tiende a fijar al sujeto en una posición melancólica que inmoviliza. A partir de un caso clínico, Anderson muestra cómo el analista puede quedar atrapado cu