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Alix es una mujer de 30 años, de apariencia severa y fría. Cuando vino a verme por primera vez hace nueve años, su femineidad y belleza estaban eclipsadas. Aún tenía una apariencia aniñada que contrastaba con su uso preciso y sofisticado de vocabulario. Al presentar a Alix y el curso del análisis, resumiré mis impresiones de los primeros años y algo de historia. Luego describiré un sueño que consideré muy significativo que ocurrió tras una larga interrupción luego del nacimiento de su tercer hijo. En ese momento ella había decidido suspender el análisis, pero continuó de forma renuente.
Llena de lágrimas, en la primera entrevista manifestó que ya no sabía qué hacer con su vida. No lograba progresar con su tesis y, lo que es peor, tras haber estado en una relación los últimos dos años, dispuesta a afianzarse con su pareja, ya no sabía si “quería tener un hijo con él o dejarlo”. Estaba abrumada por la confusión, y vacilaba entre soluciones paradójicas y la inhibición total.
La rígida organización defensiva que había construido se estaba derrumbando en el momento mismo en el que estaba fortaleciendo una relación amorosa, “y ahora quería tener un hijo con una pareja” (faire un enfant á deux). De pronto se veía enfrentada con sus identificaciones primarias deficitarias y el caos de sus pulsiones. Mi impresión clínica fue que el temor de una pregunta existencial acerca de la emergencia de sus orígenes la estaba haciendo vacilar. Sus defensas usuales estaban fallando, y la catexis intelectual ya no era operativa. El control fálico de sus emociones ya no estaba compensando sus deficiencias narcisistas. Intuí que esta repentina sensación de ser abrumada la había traído al consultorio.
Alix había sido concebida como resultado de un único encuentro amoroso por su madre y un hombre famoso a quien ella admiraba. Su madre la había criado sola. Ambas estaban orgullosas de la “familia atípica que formaban sin un padre golpeador”. El padre no reconocía a la hija. Alix no tenía contacto