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(Aceptado para su publicación el 5 de marzo de 2014)
Con Más allá del principio del placer, Freud intentó “describir y explicar los hechos de observación diaria en nuestro campo de estudio” (1920, p. 7), en particular lo concerniente a fenómenos clínicos destructivos que nos confrontan en la situación analítica:/ neurosis traumáticas, estados melancólicos, reacciones terapéuticas negativas, masoquismo, compulsión de repetición, etc. La autora demuestra en la primera sección cómo la resistencia del propio Freud -más tarde autodiagnosticada- a reconocer estos hechos indeseables se expresó en las ambigüedades terminológicas y conceptuales de la hipótesis de la pulsión de muerte que introdujo luego, ambigüedades que, hasta cierto punto, siguen impidiendo la aceptación de su utilidad clínica al día de hoy. Apenas Freud demostró la conexión con la práctica clínica más directamente en El yo y el ello (1923), algunos contemporáneos lo adoptaron como un concepto clínico útil, mientras que otros creyeron que podían (y debían) refutarlo. La segunda parte hace un esbozo de su aceptación en las décadas de 1920 y 1930, que fue parte de un debate internacional realizado inicialmente, por supuesto, en Alemania. Los inicios de un desarrollo más amplio de la hipótesis de la pulsión de muerte se describen en una sección separada porque aquél se originó en las primeras experiencias de Melanie Klein en el análisis de niños en Berlín, desde el comienzo hasta mediados de la década de 1920. La psicoanalista austríaca se refirió entonces a un “principio del mal,” y en 1932 publicó su punto de vista sobre la hipótesis de la pulsión de muerte, que fue desarrollada en las décadas siguientes por ella y sus seguidores en Londres. En este período la situación cambió drásticamente: en Alemania se quemaban los libros de Freud (entre otros), se incitaba a cometer crímenes de lesa humanidad y el psicoanálisis desaparecía. Casi todos los analistas que realizaron publicaciones sobre la pulsión de muerte tuvieron que emigrar. De ahí en adelante, en las distintas regiones los discursos fueron completamente diferentes. En Alemania la hipótesis de la pulsión de muerte fue (ampliamente) desacreditada o rechazada durante décadas después del Holocausto. Frank demuestra cómo desde el recurso acrítico en trabajos importantes en ese momento hasta un artículo de Brunde 1953- que consideraba que la pulsión de muerte había sido ampliamente refutada sobre la base de un estudio abarcativo (aparentemente) de la literatura- pueden entenderse como un síntoma. Siguiendo algunas reflexiones de Beland (1988) y Cycon (1995), la autora expone su tesis de que en Alemania no se podía estudiar la utilidad clínica de la hipótesis de la pulsión de muerte en tanto los impulsos destructivos existían todavía en la realidad social inmediata. Según las observaciones de Frank, al establecer que había existido “una clara formación reactiva contra las hipótesis de la pulsión de muerte” Brun había hecho, sin proponérselo, un diagnóstico exacto. Pero no se pudo retomar (más ampliamente) el interés por la hipótesis de la pulsión de muerte hasta que no se tuvo conciencia de las inevitables identificaciones con el responsable de los crímenes (“Hitler en nosotros”) en ese país. En la sección final, la autora vuelve sobre una de las líneas de este desarrollo y rastrea cómo, en la década de 1980, algunos analistas alemanes entraron en contacto con las ideas de Melanie Klein y cómo éstas llegaron y llegan a funcionar en el análisis. Concluye preguntando si sería adecuado considerar el concepto de un principio del mal como menos ambiguo para los fenómenos en estudio, junto con el principio del placer y el de realidad.