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Uno de las modificaciones que afecta al psicoanálisis y que se cuenta, a mi criterio, entre las más fecundas, concierne a la evolución de la concepción y el modelo de la actividad simbolizatoria, actividad que rige en gran parte el trabajo de subjetivación, central en la práctica psicoanalítica.
Clásicamente, la simbolización y, en términos generales, la actividad representativa, están referidas a la cuestión del objeto ausente. W. Bion considera la ausencia del pecho como punto de partida del pensar, pero todo el psicoanálisis francófono funda también el trabajo de representación en el encuentro con el objeto ausente o separado. Esta concepción ha producido muchos de los más bellos logros del pensamiento psicoanalítico, y yo no me propongo cuestionarlos, dado que su pertinencia es indiscutible. La ausencia del objeto, su ausencia “perceptiva”, obliga al sujeto a profundizar la diferencia entre el objeto percibido en el presente y la huella interna de las percepciones anteriores del mismo, a partir de las cuales podrá construirse su representación interna. Cuando el objeto está presente, su representación interna se superpone a su percepción, y en consecuencia no se ofrece como una representación, no se “refleja” como una representación, salvo, por