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El viajero que ronda el mundo mítico tendrá certeza de que se encontrará con adivinos y, entre ellos, una cantidad de ciegos ilustres. Estos últimos le contarán acerca del castigo que espera a quien, por cumplir con un deseo prohibido, ha osado darlo a conocer, manifiesto - a sí mismo y a los otros - aquello que debió haber permanecido desconocido, latente. Pero su poder divino podría sugerir al mismo viajero que el verdadero conocimiento demanda que nos liberemos de este telón constituido por lo visible. O confiamos en el mundo sensible, creyendo que la realidad conforma con su apariencia o de otro modo, nos negamos a permitir que nos atrapen y lo mejor que se puede hacer, entonces, es eliminar la trampa misma.
Si siguiéramos este consejo literalmente, sin embargo, pronto nos daríamos cuenta de que la realidad humana, más que una realidad mítica, solo puede ser entendida por medio de la actividad sensorial que sirve como un selector y un puente de pasaje entre la realidad psíquica y aquellos otros espacios de los que extrae los materiales, comenzando por su propio espacio somático.
Antes de tocar el tema de la función que el cuerpo tendrá de mediador y de objeto de interés en las relaciones entre dos psiquis y entre la psiquis y el mundo, permítanme considerar las tres formas de existencia bajo las cuales la realidad (y, así, el cuerpo) se presenta a sí misma al ser humano, mientras que la cuarta, se nos da por el compromiso de que necesariamente resulta de ella. Estoy empleando el término realidad aquí en el sentido menos teórico y más