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Estimado Editor:
En un artículo presentado recientemente al Journal, expuse mis razones en contra de una excesiva confianza en las pruebas de la neurociencia como si fueran pruebas para el psicoanálisis. El trabajo fue rechazado, quizás por buenas razones, pero fui invitado a presentar una o dos ideas sobre el modo en que los psicoanalistas participan en el debate interdisciplinario, o más bien el modo en que no participan. Con esta carta respondo a tal invitación.
Durante algunas décadas, el psicoanálisis ha experimentado la llamada ‘paliza a Freud’ (ejemplos: Hook, 1959; Cioffi, 1970; Masson, 1984; Crews, 1993, 1998; Fish, 1989; Webster, 1995; y ver Forrester, 1997). Pero también hubo críticas más objetivas en contra del psicoanálisis durante más tiempo todavía (Eysenk, 1953; Popper, 1959; Grumbaum, 1984, 1993). Más aún, desde los años 70 se han desarrollado serias críticas internas (Kohut, 1971; Fromm, 1971; Atwood y Stolorow, 1984); y al mismo tiempo, la divergencia de la teoría objeto-relaciones en Gran Bretaña (Klein, 1935, 1946; Winnicott, 1960; Bowlby et al., 1952) alejadas del modelo de energía psíquica de Freud, mostraron la creciente heterogeneidad de los esfuerzos de los psicoanalistas. No es de extrañar que haya una tendencia a retrotraerse del involucramiento con las críticas, que ha dado como resultado, en los últimos años, una búsqueda de algo que le brinde al psicoanálisis un aparente respaldo de la ciencia ‘objetiva’.
Las relaciones entre psicoanálisis y neurociencia han sido variadas a través de los años. Es irónico que en el apogeo del psicoanálisis Karl Pribram (1962; Pribram y Gill, 1976) estuviera interesado en incorporarlo al nuevo