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(Recibido el 27 de octubre de 2014, aceptado para su publicación el 27 de octubre de 2014)
La idea del inconsciente en un sentido meramente descriptivo, es tanto disputada por analistas como por quienes no lo son, en igual proporción. Claramente sabemos y podemos recordar cosas que no son conscientes para nosotros en determinado momento, debido a que no se encuentran en nuestra consciencia inmediata. Ya que una idea que está en la consciencia, puede ausentarse y, tras un intervalo, volver a presentarse sin que su retorno sea el resultado de la percepción, tendemos, como explicó Freud hace más de un siglo, a referirnos a esa idea como presente de manera inconsciente en nuestra mente durante el intervalo - y parece razonable que así suceda. (Freud, , p. 262).
Como es sabido, la idea que tenía Freud sobre el inconsciente, va mucho más allá del sentido descriptivo del término y se refiere a algo mucho más sustancial y específico. Viene a describir ciertos tipos de fuerzas motivacionales que, por razones dinámicas, quedan excluidas de la conciencia y de las ideas que se encuentran latentes de manera inherente desde un principio, pero que moldean nuestra experiencia y la forma en que vemos al mundo. Al inconsciente se lo considera el fundamento de la realidad psíquica, donde se encuentra la patología, y el objeto de la acción analítica, sobre todo, mediante la interpretación de sus manifestaciones en la transferencia. La posición central que ocupa en el pensamiento freudiano es de tal magnitud que, Laplanche y Pontalis sostienen que: “Si el descubrimiento de Freud fuese sintetizado en una sola palabra, esa palabra sería sin duda alguna “inconsciente”. (1973, p. 474).
Mientras en la actualidad, también muchos considerarían el problema del inconsciente en sentido freudiano como una característica que define al psicoanálisis, esto ha comenzado a cuestionarse en los últimos años. Por ejemplo, se dice que el foco del psicoanálisis relacional norteamericano, en sus dimensiones int