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La vida humana es un intercambio, es relación. Desde sus elementos más simples a los más complejos, esos intercambios apuntan a desarrollar algo más elaborado que nos trascienda, con más capacidad de responder a los retos que el ser humano debe afrontar. Así fuimos avanzando como especie, adaptándonos, desarrollando capacidades, construyendo comunidad, protegiéndonos, cuidándonos, constituyéndonos y configurándonos recíprocamente en los vínculos que vamos formando
Estamos siendo testigos en estos tiempos, de lo devastador que puede ser cuando esa posibilidad de intercambio, de pacto social, de mutua colaboración, de diálogo y respeto de las reglas de convivencia, se quiebra; en un lenguaje más afín a nuestro quehacer: cuando se ataca el vínculo. Y este ataque se puede dar de distintas maneras, algunas más abiertamente violentas, algunas más veladas.
José Saramago decía que tratar de convencer a otro es como colonizar su mente. Colocar en la mente del otro ideas, creencias, objetos, etc, que parezcan propios, es una forma de neutralizar las iniciativas del otro, su alteridad, de apropiarse de su deseo. Una forma de ataque al vínculo muchas veces invisible pero muy potente.
De forma un poco menos reconocible, están todas las maniobras que buscan impedir que se produzcan y expresen emociones y afectos que conecten con los otros. En las relaciones humanas, las emociones y los afectos permiten articular nuestros pensamientos, recuerdos, tradiciones, creencias, deseos, etc. Junto con la palabra, que vehiculiza su expresión, son los soportes de la mediación entre las mentes. El desarrollo humano es imposible si la emoción y el pensamiento van por separado. Ya es complejo cuando espontáneamente no se relacionan, y es lacerante cuando alguna forma de poder se propone expresamente el impedir que se conecten.
Atacar el vínculo es como cortar, interrumpir, los cables que conectan los postes que llevan el alumbrado, lo que dejaría a cualquier comunidad sin luz, sin medios de comunic