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Algo que me llamó la atención de cada una de estas notables respuestas es que todas, de una u otra manera, comentan mi “firme” insistencia en que el análisis de defensas debe ser un componente esencial del protocolo de tratamiento para los trastornos de “pseudo-self.” Anne Alvarez, Peter Goldberg y Donnel Stern son algunos de mis pensadores favoritos sobre este tema, y me sorprendió que todos ellos, de distintas maneras, expresaran cierto grado de curiosidad– quizá incluso desconcierto– acerca de por qué me pronuncio con tanta fuerza en contra de las “transformaciones catalizadoras”.” Aunque cada uno lo señaló de manera elegante a su modo, al verme a través de sus ojos, noté que estaba indebidamente empeñada en remarcar un punto sobre el análisis de defensas que ya no comprendía o con el que ya no me identificaba del todo. Dicho de otro modo, al releer mi propio artículo junto con estas respuestas tan reflexivas y comprometidas, comencé a preguntarme: ¿qué tenía yo en contra de las “transformaciones catalizadoras?” Me resultaba especialmente desconcertante porque siempre he sido una firme defensora de las innovaciones técnicas que amplían y flexibilizan el encuadre para encontrar a los pacientes allí de se encuentran, y no me reconocía del todo como alguien que de pronto aboga por el análisis de defensas o, dios no lo quiera, por la interpretación, en lugar de las “transformaciones catalizadoras.”
En lo que sigue, quiero retomar la cuestión de cómo tratamos a los pacientes con trastornos de “pseudo-self” haciendo dos cosas:
reanimar el contexto en el que el análisis de defensas y las intervenciones no interpretativas se contraponen continuamente, y
volver sobre mi ejemplo clínico para especificar el abanico de trabajo que estas condiciones requieren.
Comenzaré con algo que ocurrió durante mi tratamiento con Casey. Ya he mencionado que era una talentosa profesora de música de unos 45 años, pero ahora quiero explorar su relación con la música