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Always too eager for the future, we
Pick up bad habits of expectancy.
Cuando tenía 19 años tuve que permanecer un mes en la casa de mis padres, sin poder salir a la calle ni acudir a las clases de mi universidad. De esa época que se anunciaba aburrida y melancólica, recuerdo sin embargo dos experiencias que me afectaron de manera duradera y valiosa. Una fue la lectura de los cuatro tomos del Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, que conservo hasta hoy. No he tenido la osadía de releerlo, por temor a que se desvanezca la impresión deslumbrante que me produjo en esa etapa juvenil pero sombría de mi vida.
Pero la otra fue acaso más impactante, a la vez que irrepetible por motivos que paso a explicar. Hallé entre mis discos de vinilo (eran los únicos que existían entonces, allá por el año 1971) una versión del Réquiem de Verdi, dirigido en vivo por Igor Markévich en Moscú, con la orquesta Filarmónica de Moscú y el coro de la Academia Estatal. En esa época los discos venían acompañados de un texto que proporcionaba una serie de informaciones acerca de la grabación.
La sesión tuvo lugar en 1960. Markévich, un músico ucraniano e italiano que había dirigido a las orquestas más importantes del mundo, se encontró con un obstáculo considerable. El asunto es que el Réquiem es una misa (el nombre completo es Messa da Requiem) y Verdi utilizó el texto litúrgico tradicional de la misa de difuntos católica. Aunque hoy se ejecuta casi exclusivamente como una gran obra de concierto en salas de ópera y auditorios. El problema que tenía Markévich consistía en explicar al coro, de formación estrictamente atea en el entonces hermético imperio soviético, en qué consistía y cómo debía interpretarse una pieza clásica del repertorio religioso de origen medieval. Atesoro en particular la explicación que les ofreció del célebre Dies Irae (Día de la Ira).
Lo que narro a continuación proviene de los archivos de mi memoria pues, lamentablemente, no he conservado el disco, a diferen