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El artículo de Lewis Aron fue innovador. Veinticinco años después, ¿qué ha cambiado? ¿Ha evolucionado nuestra forma de trabajar clínicamente? Me parece que muchos de los cambios apuntan hacia un interés creciente en cómo analista y paciente co-crean las subjetividades del otro. ¿Qué experiencias no formuladas se activan en la relación analítica y encuentran expresión a través de enactments? Estas son preguntas que continúan invitando a la reflexión.
La subjetividad del paciente, en interacción constante con la del terapeuta, puede devolver a la vida experiencias traumáticas. Ferenczi ya se movía en esta dirección cuando se atrevió a hablar del análisis mutuo con Elizabeth Severn (Rachman, 2014). Uno de los legados de ese trabajo es el reconocimiento de que el diálogo es esencial si queremos comprender lo que ocurre entre dos subjetividades y dentro de la propia relación analítica (Plaza, 2026).
Mientras releo el artículo de Aron, me encuentro pensando en lo que han significado para mí las subjetividades de los dos últimos analistas con los que he trabajado.
Mi analista actual es una mujer. Sé muy poco acerca de ella, aunque quizá más de lo que puedo poner en palabras. Debe tener más de setenta años. Percibo que sigue buscando. Dejó la Ciudad de México para vivir en dos ciudades más pequeñas del interior del país. Creo que estaba buscando una mejor calidad de vida. Aunque no es una analista relacional, es reflexiva y está dispuesta a compartir ciertos aspectos de su experiencia. La imagino como alguien con la libertad interior para tomar decisiones importantes, y percibo su compromiso con el trabajo que hacemos juntas. Pensar en estos aspectos de su subjetividad me anima en mi propia búsqueda. Me deja preguntándome: ¿cómo puedo vivir mejor?
Su presencia me invita a reflexionar no sólo sobre mi subjetividad, sino también sobre la suya. Incluso cuando no expresa explícitamente su posición, con frecuencia me encuentro haciendo una pausa, reconsiderando y observando las cosa