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El paciente, considerado de nuevo como un ser humano, con sus preocupaciones, temores, esperanzas y desesperaciones, como un todo indivisible y no sólo como un portador de órganos —de un hígado o estómago enfermo— se está convirtiendo en el legítimo objeto del interés médico. En las dos últimas décadas se ha dedicado creciente atención al papel causal de los factores emocionales en la enfermedad y se manifiesta entre los médicos una orientación psicológica progresiva. Algunos clínicos ortodoxos y conservadores juzgan a estos hechos como una amenaza para los fundamentos tan arduamente adquiridos de la medicina científica y voces autorizadas previenen a la profesión contra este nuevo “psicologismo” considerado incompatible con la medicina como ciencia natural. Preferirían que la psicología médica permaneciera restringida al campo del arte médico, al tacto e intuición en el manipuleo del paciente, como algo distinto al procedimiento científico de la terapéutica en sí, es decir, basada en la física, química, anatomía y fisiología.
Sin embargo, desde una perspectiva histórica, esta orientación psicológica no constituye sino una resurrección de antiguos puntos de vista precientíficos dentro de una forma científica y nueva. No siempre ha ocurrido que el cuidado del hombre que sufre estuviera dividido entre el clérigo y el médico. En otros tiempos las funciones curativas ya mentales o físicas, estaban reunidas en un solo individuo. Cualquiera que sea la explicación del poder curativo del hombre médico, del evangelista o del agua santa de Lourdes, es difícil dudar del efecto curativo espectacular que han tenido a menudo sobre la enfermedad y en ciertos aspectos, un efecto aun más fundamental que muchas de nuestras drogas a las que podemos analizar químicamente y cuyos